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LA CONTRACRÓNICA | Otra vez Paiosaco

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El técnico Larraz en A Malata. Foto: Javi Otero

Jorge Deza #FutbolFerrol


Como en la primera vuelta, el Paiosaco se convirtió el pasado domingo en testigo del encendido de la luz amarilla (dejémoslo en amarilla) en el Racing y su área de influencia. El empate del equipo de Emilio Larraz frente a los blanquiverdes de A Laracha aviva el debate de qué es lo que le pasa a los nuestros a estas alturas de película. Cuestión de tácticas, rendimiento físico mejorable, cortedad de una plantilla saturada de partidos y fustigada por las lesiones (Carlos García, Javi Sanmartín, Borja Hernández, Javi Rey), mentes bloqueadas,… Son algunas de las explicaciones que bajara la grey, y no solo desde ayer. Quizá ninguna sea la razón absoluta. Quizá sea un poco de todo. O quizá sea que el fútbol es así. Una cosa que navega en mares de ciclos y rachas.

Está claro que al Racing no se le dan bien los equipos que dan pasos adelante, presionan sin miedo y le ponen corazón. Tampoco se le da bien no jugar al ataque. A la larga se paga. Porque no es tan duro defendiendo ni tan letal contraatacando cuando tiene un contrincante buen observador de la realidad. El domingo, como ante el Alondras, el Racing hizo lo mínimo y luego se puso a dormir. Le cuesta estar entero noventa minutos. Le viene faltando garra, y no anda sobrado de velocidad. Tiene que llegar cada vez más para que cunda y, sobre todo, terminar las jugadas. Le falta insistencia en la empresa. Lo decimos una vez más: hay que tirar a puerta y no rizar el pelo al llegar al área. Hay que culminar, no adornar. Hay que decidir, no divagar. Al Racing le sobran técnica y especulación. Pierde muchos minutos con tanto pase atrás, con tanta pared a medio centenar de metros de la portería contraria. Cuesta romper murallas contrarias, sí, pero porque carecemos de la movilidad apropiada en muchos lances para derribarlas.

Con el 1-0 quiso el Racing sedar el partido creyendo que el rival no haría daño alguno y con esas ni encauzó el marcador ni manejó la tarde. Hay precipitación en los nuestros cuando toca sosiego. Y hay demasiada pachorra cuando corresponde determinación. No hay confianza y las ideas quedan en top-less más de lo debido. Son síntomas extraños en un equipo que está arriba. El Racing se perdió bajo la lluvia ofreciendo un repertorio de tibiezas, de prudencias excesivas, de conducciones con frenada, de algazara de patio de colegio concertado que afearon el ya de por sí desarreglado partido hasta aburrir al más pintado. Lo único bueno fue el empate in extremis del “capi” y seguir sin perder como locales.

Si se mantiene el paralelismo con la primera vuelta es de esperar que el Racing empiece a resurgir y chupe en el Vero Boquete. Porque cuando jugó abiertamente al ataque sacó a relucir sus encantos. Otra cosa es que lo haga, claro. Lo hizo bien ante el Compostela, ante el Bergantiños, ante el Barco con ese argumento en la 1ª vuelta. A quien desee ser campeón no le queda otra. No obstante, la situación al día de la fecha es preocupante. Plantilla sin fondo de armario, de bajón, con semillas de dudas  y con ya cuatro lesionados para afrontar un partido ante un rival directo que si nos gana se pondrá a solo tres puntos. Quizá ese “dramatismo” espolee a los nuestros y les haga recuperar el tren. Necesitamos que se enfaden, que saquen en la capital gallega su rabia, su instinto. Su talento bien procesado. Y con ese menú tapen bocas, y bloqueen teclados, y den bofetadas a todo quisque.


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