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LA CONTRACRÓNICA por Jorge Deza – Zonas reservadas

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El partido del pasado domingo en El Mundo del Fútbol me recordó, en algunos aspectos, al Baracaldo-Racing de la exitosa fase de ascenso a Segunda de 1999/2000. Junto a Juan Galego, que narraba el partido, yo hacía comentarios del encuentro entre el griterío del público. Eran nuestros frenéticos tiempos de Radio Fene. En aquel mítico Lasesarre con sus bancadas de madera y sus barandas de piedra, con su aroma a fútbol de antes; acotaron el espacio de los informadores con una cinta rojiblanca, en un alarde de “tribuna” de prensa de lo más minimalista. Estábamos apretujados, y una chica que tenía pegada a mí tomaba notas del partido cada cierto tiempo, me miraba curiosa oyéndome hablar en gallego por el teléfono durante nuestra retransmisión y me daba con su pierna izquierda en mi pierna derecha cada vez que el Barakaldo fallaba una ocasión de gol o marcaba. El viejo campo baracaldés, su afición, su mundo, eran (son) de otra pasta.
Lo del mundo de Abegondo también fue de otra pasta. La de Gadis, por ejemplo, que apadrinó con cintas separadoras la división de las aficiones en la coqueta tribuna de cubrición oval que tiene el complejo deportivista.

La afición racinguista desplazada vivió como galega entre cintas y en bonito arrejunte la ilusión traída por Ricardo López. Todo suma con tal que espantar el temor al pozo negro y huir cuanto antes de esta penosa temporada. El equipo, una vez más, estuvo a punto de ganar a domicilio, como en Coruxo, pero volvió a saltar el mismo problema que entonces: nos cuesta mucho ser regulares en 90 minutos. Razones de fábrica -viene de lejos- y cuestiones físicas -también viene de viejo-. Todo es lógico, no obstante, sino no estaríamos abajo. La liga es regularidad.
Hay disparidad de opiniones sobre si el Racing se echó atrás en la reanudación o si el Deportivo Fabril, con sus “chavalines” y “promesas” de 25 y 27 años (?), salió con otra cara desde la una del mediodía. En realidad hubo un poco de ambas cosas, como en botica. Nueve de cada diez dentistas están de acuerdo en pensar que los coruñeses, cuando le pusieron una marcha más al cotarro, pasaron a manejar el partido. Sin baño turco pero con grifos de agua caliente. Le imprimieron la velocidad que no tenían, salió a relucir parte de la calidad que atesoran y consiguieron empujar al Racing a una defensiva persistente. Pusieron cintas y marcaron una zona reservada. Urgía templar ese panorama impuesto por los pipiolos herculinos y pasamos a ser nosotros los que teníamos prisa. Había que tener la pelota con dirección y nos empezó a quemar en los pies. Tocaba protagonismo de Pablo Rey y el equipo quedó seccionado entre una tarea defensiva cada vez más desordenada y desgastada y el patadón sin solución de continuidad a las regiones de Joselu y Maceira. El Fabril pasó a gustarse por banda y fue desde una de ellas, en un saque, como llegó el gol, en una bonita penetración del “chavalín” Romay que cogió a nuestra retaguardia en los entremeses. Con un trocito de empanada. De Gadis, por supuesto.
Los nuestros no leyeron bien esa situación de partido. Ricardo no parecía pedir a los suyos retirada, pero el Fabril empujó y se topó, de paso, con un Racing que se fue agotando. Mediado el 2º tiempo ya no teníamos frescura y eso era un hecho. Ya no defendíamos bien ni mandábamos en el medio del campo. Tener que correr tras el balón muchos minutos puso de manifiesto la necesidad de refuerzos para paliar este problema, con el que se encontrará el Racing hasta la 38ª jornada.