LA CONTRACRÓNICA | El día de mañana

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Por Jorge Deza


La liga 2020-21 en Segunda B, aún en vigor con los play-off de ascenso a Segunda calentando motores, fue como una improvisada oferta de empleo público. En la fase de concurso puntuó todo: los cursillos y seminarios realizados en la primera fase, la inefable experiencia Covid-19 (de esto no se libró casi nadie en la categoría) y cada gol. Por lo que respecta a la fase de oposición todo el mundo hubo de ponerse al día en legislación, normas y protocolos sanitarios para que el fútbol pudiese culebrear del mejor modo posible en este, todavía entre nosotros, Mar de los Sargazos pandémico. No podemos negar que la cosa tuvo, hasta cierto punto (y nunca mejor dicho), su aquel. Para los clubs, para los aficionados y para los medios de comunicación. El fútbol, como el planeta entero, lleva desde marzo de 2020 viviendo una realidad sin precedentes (guerras mundiales o locales al margen), y no deja de ser interesante observar cómo se acertó y cómo se erró a la hora de tomar decisiones en una situación tan compleja, incordiosa y amarga. Jugar así no era fácil. En mi opinión, y ya lo dije otras veces, debió anularse toda la temporada 2019-20 y no celebrarse la actual. O, de jugarse, hacerse en todas las categorías (y no solo en las profesionales) a puerta cerrada, ya que el SARS-CoV-2 es muy astuto y mutante pero no tanto como para distinguir entre públicos de Primera o de Segunda División B a la hora de contagiar. Muchos factores nuevos tomaron partido en este guirigay y de ellos se habrán extraído lecciones para el futuro. Lo que está claro es que, como dijo un buen amigo, esto pareció más la liga de Andorra que otra cosa. Excusa para salir al paso y no cerrar la tienda. Pero, bonito o feo, lo peor ya pasó. 

El tribunal calificador del proceso, la RFEF, sentó, consciente o inconscientemente, las bases a medio y largo plazo para insalvables distancias sociales entre los clubs y vendió a todo el mundo que nadie se va a quedar atrás en la ilusión por recorrer el camino hacia el apoteosis de lo profesional. Una cajera del Gadis me dijo el otro día que la 1ª División RFEF será plenamente profesional, como la League One inglesa, porque los clubs tendrán muchos más ingresos. A los que sueñan con estar en categorías de la LFP a no mucho tardar todo les parecerá excitante. Pero no todo el monte es ni va a ser orégano. Falta plantarlo aún. Y luego ver qué y cómo florece.

La competición bronceada, a pie de campo y de grada vacía o semi-llena, fue un barullo de discontinuidades y sorpresas con el desapego provocado por el apocalipsis sanitario. Se hizo corta y larga a la vez, inflada con suspensiones y confinamientos y hasta con un temporal de nieve que fue un primor y hasta le gestó al Racing un enemigo íntimo. ¿Fue el rendimiento real o fueron las circunstancias las que pusieron a cada uno en su sitio? ¿Sacaron partido los mejores o los que demostraron mayor resiliencia? En este reseteo coyuntural, en esta especie de huída hacia adelante, vender una reducción de equipos creando una quinta categoría estatal (la gigantesca 3ª División RFEF, por debajo de las hasta ahora denominadas Segunda B y Tercera) para presumir de contar con tres propias frente a las dos de la LFP tiene hasta guasa. Y si no fue esa la razón oficial, que seguro que no lo fue, más que abrir el fútbol lo que abrió la RFEF es un pozo aún más grande. Si el modelo es el inglés (dudo que lo sea para los asalariados de Las Rozas), con sus cuatro primeras categorías 100% profesionales y de grupo único, la nave del misterio federativa está aún a años luz.

El Racing obtuvo merecido y feliz final a su montaña rusa particular. Heredó la caballerosidad, el trabajo y el compromiso de un auténtico ferrolano de adopción como Emilio Larraz, y completó su camino con la chispa adecuada traída por Cristóbal Parralo. Mucha intensidad y total confianza de todos y para todos fue la receta. El confinamiento de marzo frenó una escalada prometedora, pero los verdes resurgieron cuando se necesitó cuajando un final notable. Se ganaron injustos palos, fueron acreedores a mejor fortuna por momentos, vivieron toda la temporada sin penaltys a favor y compitieron sin regalos de nadie. En la plantilla, con sus carencias y virtudes, todo el mundo tuvo su momento, su oportunidad. Y casi nadie lo desaprovechó.

Fue la liga en la que Joselu alcanzó 100 goles oficiales con la Verde pese a los poquísimos que marcó. La del ilustre David Rodríguez resultando decisivo en la recta final con su cátedra, su experiencia y su talento como delantero centro universal. La liga de Álex López, tomando el testigo de Pablo Rey con más acento que en la quebrada campaña anterior. Fue la liga de los siete extranjeros (algo que no se veía en Ferrol desde los tiempos de Segunda), impregnando de sabor sudamericano el fútbol verde. La de la garra y el coraje de hombres como Caballé, nominado a los Globos de Oro del racinguismo más pundonoroso e identitario. La del regreso del derby de las Rías Altas, en la que los ferrolanos quedaron por encima de los coruñeses por segunda vez en una Liga, y sin testigos presenciales en las gradas de Abanca-Riazor y A Malata. Fue el campeonato de los ausentes, de los sorteos de entradas, de las puertas cerradas. De las PCR de los jueves, de los tests serológicos y de la inevitable mascarilla. La temporada de una afición descolocada pero con su punto de mira, de color verde, por supuesto, bien ubicado. Porque hay cosas que no cambian.

Ahora hay acomodarse a lo que viene. Lo importante es que el Racing sigue en el tercer piso del edificio liguero y tendrá que ponerse muy mucho las pilas de cara a una competición exigente. Porque la liga 2021-22, con 20 equipos en cada uno de los dos grupos, y 38 jornadas como mandan los cánones, será muy dura y tendrá no pocos alicientes: un interesante (y lógico) ascenso directo para los campeones de grupo; ocho plazas de promoción de ascenso (del 2º al 5º de cada uno de los grupos) para decidir los otros dos que suban a la Plata española; y cinco descensos directos (del 16º al 20º de cada grupo) a la 2ª División RFEF. Todo ello con lo más granado de la categoría. 

No hubo ascenso alguno esta temporada. Que nadie venda motos ni se engañe. El único equipo gallego que puede ascender es el Celta “B”. En 2020-21 el Racing estuvo en la tercera categoría y en ella seguirá en 2021-22. El debate real en materia de ascensos está en si el club dará de aquí a agosto un decidido paso adelante en la búsqueda real de la 2ª División, en donde el club de la Detroit española no milita desde 2007-08. Ojalá que así sea. 

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