Decían, cuando la semántica esquivaba el bro, cuando Bob Pop era Sánchez Dragó y la música se escribía en soneto, que nadie es profeta en su tierra.
Tierra de conejos, de dientes largos, de dimes y diretes. España es un país profundamente solidario y asquerosamente envidioso.
Y aunque pueda haber quien reniegue de su condición, no sólo el carné de identidad, sino su idiosincrasia, los acaba delatando.
En Ferrol, este fenómeno alcanza cotas categóricas, industriales, como las grúas. En clave Racing, nos movemos en territorio Champions.
Aquí uno que vio despedir al Cacique Medina en pie, palmas enrojecidas, porque “no le mete un gol al arco iris, pero oye…”. Sin embargo, Joselu tenía que irse a casa la mitad de los días cabizbajo.
Y así podríamos hacer una lista. Un tal Juancar se cascó el mejor equipo que se haya visto en Tercera División en la vida. Por cierto, entre otros, trajo al que años después nos sacó de Tercera de nuevo. In Juancar we trust? No, “¿pa qué?”.
Admitidlo: alguno sois más de Toril que de Manu Miranda, que os conozco.
Pero centrémonos en esta temporada.
Este año hemos escuchado vilipendios públicos a Jon García, el del piso en el Cantón. A Héber Pena, uno que pasea con el chándal del Racing hasta en vacaciones. Y, en especial, a un niño de 19 años.
Y me quiero detener en este último. Se dijo que tenía que esforzarse, se dejó caer que no lo hacía, se le dio un palo en toda regla públicamente. A un niño de 19 años que no gana un duro.
Aunque sea por mera estadística – y tenemos también casos, como Sanmartín, que no han salido como cupiera esperar – no podemos comparar nuestro sistema de cantera con otros. ¿Si usted tuviera un hijo futbolista, no pensaría en lo que es mejor para su futuro?
Por favor, hablemos de la Ley de Protección de Datos, la cual, como la libertad de expresión para algunos, aplica cuando nos da la gana. De unos ni los años de contrato. De otros, con quién hablan, cuándo, dónde y por qué.
Lo más sangrante es que esta temporada hemos tenido a un jugador que aún no sabemos si sabe sonreír, y que dejó claro, recién llegado, a lo que venía. Creo que no le gustan los salones de vaqueros; se pone muy nervioso.
U otro que, con un sueldo estratosférico, no juega ni quince segundos, vaya usted a saber por qué. Por no mencionar al que no es apto para la práctica de su profesión, pero no duda en echar pestes del club en privado (pero en voz alta).
Empate, tres a tres.
Pero de eso no se habla. No se pregunta. No se puede saber. ¡Bulo!
Me siento, y somos muchos, profundamente asqueado con el trato público y mediático a este chico. Y si se va, de corazón: ojalá triunfe y algún día vuelva. Y que tenga claro que, el día que triunfe y regrese, los que ahora lo ponen a los pies de los caballos le pedirán fotitos.
Está claro que, en Ferrol, uno puede venir a dar paseos, faltar al respeto a la afición o directamente borrarse y reírse del escudo, siempre y cuando esté bien representado. Lo que no se perdonará, que diría Sherpa, es el pecado original de ser joven y ferrolano.







