Sin la derrota, la victoria no sabría igual. Por eso hay que reivindicar la importancia de celebrarlas. No darlas por hecho. Celebrar un cumpleaños, una venta, o que esa hermosa pareja de abuelos que pasea por la calle Dolores —ella con su andador— llegue un día más a Amboage. Celebremos cada instante.
Y del mismo modo, hay que llorar las penas. Dejarlas salir. Está bien. Aquí tienes mi hombro. Sácalo. Todos lloramos por dentro o por fuera.
Celebremos las victorias. Lloremos las derrotas.
Descenso anunciado
Hace dos días, el Racing de Ferrol confirmó lo que hacía tiempo ya era un hecho: su descenso.
Ese descenso que algunos se empeñaron en no nombrar, como si decirlo fuera una traición castigada con la retirada del carné honorífico de racinguista. Un descenso al que algunos jugadores —con poco amor propio, o ausencia total de interés— han contribuido activamente.
Hablando de amor propio, hay que tener la autoestima desbordada para pasearse por la calle de los abuelitos a hora y media del inicio de un partido en el que estás convocado. Qué bien te hubiera venido charlar con Vadillo antes de firmar. Unos tanto y otros tan poco.
Ausencias y gestos
El descenso se certificó. Alejandro Menéndez salió en rueda de prensa para emocionarse hablando de sí mismo, de su familia… y mencionar a la afición de pasada, en cuarto lugar. Menos mal que don Fran Manzanara tuvo la decencia de pedir disculpas. Cuatro veces. Fran, contigo nadie está enfadado. Más allá de lo que hayas aportado en el campo, eres uno di noi.
Mientras tanto, el club colgó en sus redes sociales un vídeo escueto, con imágenes antiguas y una voz en off que parecía más cercana al bostezo que al lamento. ¿Se emocionó alguien al verlo?
Una vez más, el vacío. La nada. Agradecimos la videollamada del propietario de las acciones del club en las ondas de la radio pública, pero recordemos: ser dueño no significa ser gestor deportivo, y yo lo celebro. ¿Pero tan difícil era que alguien, desde las instalaciones del club, diera la cara? ¿Una declaración? ¿Una palabra?
Inacción y desconcierto
No quiero abusar del símil marinero, pero confiar, hoy, ya es una forma de autoengaño. Y lo digo con la esperanza de que mañana me convenzan de lo contrario. Soy facilón.
No sé si esto es falta de estrategia, de interés, de sentimiento o de pasión. Pero si ni en el peor momento deportivo del club alguien dice “esta boca es mía”, yo me quedo sin esperanzas.
Sacamos la campaña de abonos los últimos. Renovamos sin convicción a un míster cuyo ciclo estaba terminado —sospechamos que por pura falta de alternativas. El último día del mercado no cubrimos ni por asomo las bajas. Mantenemos una inercia horrible durante meses. Fichamos en invierno a suplentes y mantenemos a quienes vinieron a reírse del escudo. Y al final, traemos a un entrenador que lleva ya 14 jornadas viviendo una realidad paralela de buenas intenciones que se han quedado en eso, mientras la cruda realidad asusta.
Y sí, descendimos.
Silencio como síntoma
Pero lo peor, de lejos, no ha sido el descenso. Lo peor es que nadie ha asumido la más mínima responsabilidad. Solo hemos escuchado excusas: que estamos mejorando, que esto es muy difícil, que si el plástico en el coche… y ahora, el silencio. Una vez más.
El racinguismo se merece algo más que un vídeo. Preguntaos por qué a las chicas del Baxi se les despide en pie perdiendo en casa de veinte puntos. No es tan difícil.
Si este es el plan de futuro, yo estoy asustado.







