En los albores de lo que, a la postre, está siendo una temporada terrorífica, un recién llegado Naldo se refirió a A Malata como un pequeño caldeirão.
Sus palabras me hicieron viajar en el tiempo, a tantas tardes en las que, siendo vecino de Legazpi, enfilaba el Paseo de los Melancólicos camino del otro Calderón, el Vicente.
Raposeiro no es precisamente un camino cómodo, ni fácil —sobre todo de vuelta, tras una derrota con lluvia—, pero es lo que hay.
Muchos crecimos con un cómic sobre la almohada. Podía ser de Tintín, Mortdelo o de Astérix. No existían los móviles, ni las redes, y nos transportábamos a un pequeño pueblo que resistía los embistes de un imperio desde su humilde aldea: la Galia.
Llámese la Galia o Villapodre, el orgullo de pertenencia no se mide en cifras absolutas. En totales no competimos. En porcentajes, sí. ¿Y qué?
Somos lo que somos. Sentados sobre un asiento gris, rodeados de cáscaras de pipas y los restos de una gaviota empachada a chorizo. O haciendo glúteo en Raposeiro. Ni más ni menos.
Y del mismo modo que aquellos dos galos hacían frente a Roma —y hasta se atrevían con alguna incursión—, esta temporada el Racing ha estado siempre acompañado por su pequeño ejército en su asalto fallido.
Y es que, cuando despojas al deporte de su lado competitivo, lo que queda es un pasatiempo de dudoso interés. El fútbol de élite se parece cada día más a un presincach: un teatro donde deben ganar los mismos porque generan ingresos.
Eso, tarde o temprano, nos lleva a estadios llenos de turistas y vacíos de alma. ¿O ya hemos llegado?
A fin de cuentas, volver a Lugo de tapas igual no es tan mala noticia. Pero no siempre llueve a gusto de todos.
El pasado fin de semana, un grupo de alocados resistentes organizó, sin apenas apoyo, una previa que de paso daría un empujón a la Cofradía de Pescadores de Ferrol, cuya fiesta mayor el tiempo había arruinado.
Y aunque desde algunos elevados púlpitos se clamaba contra el consumo de producto local —el famoso auto proclamado derecho de decidir quién puede y quién no—, en este año aciago todo volvió a salir cruz.
Pero la intención es lo que cuenta.
Y en lugar de contar asientos vacíos, bien haríamos en entender que la vida se nos va cada día, y lo que no hagas hoy, quizá mañana ya no puedas.
Vivamos hoy como racinguistas, y ya mañana vamos viendo.







