El Deportivo cayó 1-2 ante la UD Las Palmas este 31 de mayo de 2026 en Riazor, en la última cita de LaLiga Hypermotion. Kirian y Marvin adelantaron muy pronto al conjunto canario, mientras Zaka recortó distancias para los coruñeses antes del descanso. El marcador, sin embargo, quedó en segundo plano: el deportivismo convirtió la tarde en una celebración masiva por el regreso del Dépor a Primera División.
Riazor decidió que el resultado no iba a mandar
Hay partidos que se juegan en el césped y otros que se juegan en la memoria colectiva de una afición. El Deportivo-Las Palmas tuvo goles, ritmo y un marcador adverso para los blanquiazules, pero la verdadera noticia estaba en la grada.
Riazor no vivió una derrota al uso. La vivió como una despedida feliz de LaLiga Hypermotion. Después de años esperando volver a mirar hacia arriba, el deportivismo llegó al estadio con una idea fija: celebrar. Y ni el 0-1, ni el 0-2, ni el pitido final fueron capaces de cambiar el guion.
El Dépor perdió el partido, sí. Pero ganó la escena. Y en un día de ascenso, eso también pesa.
Las Palmas golpeó pronto y jugó con oficio
La UD Las Palmas sí tenía motivos deportivos de peso para tomarse el encuentro con el colmillo afilado. El conjunto canario salió más pendiente del marcador que del ambiente, consciente de que en Riazor no solo había música, bufandas y fiesta: también había puntos que podían marcar su futuro inmediato.
Kirian abrió el marcador muy pronto y Marvin amplió la ventaja antes de que se alcanzara el minuto 18. Dos golpes secos, dos acciones que dejaron claro qué equipo tenía más urgencia competitiva sobre el terreno de juego.
Las Palmas entendió el partido desde la necesidad. El Deportivo, desde la liberación. Y esa diferencia se notó en el arranque.
Zaka encendió a una grada que ya venía encendida
El Deportivo reaccionó antes del descanso con el tanto de Zaka, un gol que no cambió el fondo de la tarde, pero sí dio más combustible a una afición que no necesitaba demasiadas excusas para cantar.
El 1-2 reabrió el partido en lo futbolístico y permitió al Dépor competir con otra cara. Los coruñeses buscaron el empate, especialmente en una segunda mitad en la que tuvieron opciones para equilibrar el marcador.
No llegó el segundo gol blanquiazul, pero tampoco apareció el murmullo. Riazor no estaba para reproches. Estaba para aplaudir una temporada, para cerrar una etapa y para empezar a saborear lo que viene.
El Dépor compitió, pero la tarde era otra cosa
El equipo coruñés quiso despedirse con mejor resultado, pero el partido se movió siempre en una dimensión distinta. La clasificación emocional estaba por encima de la clasificación del día.
La derrota no borró nada. Ni el ascenso, ni el camino, ni la sensación de alivio de una afición que llevaba demasiado tiempo esperando una tarde así. Durante muchos cursos, cualquier golpe en Riazor sonaba a crisis, a urgencia o a pesadilla. Esta vez, sonó a anécdota.
El fútbol tiene estas contradicciones maravillosas: puedes perder 1-2 y aun así marcharte del estadio con cara de haber ganado una final.
La fiesta blanquiazul se impuso al marcador
El tramo final terminó de confirmar que el foco estaba fuera del balón. Los cánticos de “invasión” reflejaron el estado de euforia de una grada que llevaba toda la tarde celebrando algo más grande que un resultado.
El Deportivo es de Primera. Ese fue el titular real del día. Las Palmas se llevó el triunfo, pero Riazor se quedó con la postal: una afición desatada, una ciudad volcada y un equipo que vuelve al escaparate principal del fútbol español.
La derrota quedará en la ficha. La fiesta, en la memoria.
Una despedida de Segunda con sabor a regreso
El 1-2 ante Las Palmas cerró la temporada del Deportivo en LaLiga Hypermotion con una paradoja perfecta: perder en el marcador y ganar en el ánimo.
El conjunto canario hizo su trabajo y aguantó una ventaja que necesitaba. El Dépor, por su parte, cerró el curso con la tranquilidad del deber cumplido. Después de ocho años, Riazor volvió a sentirse de Primera.
Y cuando una grada celebra así, el resultado pasa a ser casi un trámite. El fútbol, a veces, también va de eso: de saber cuándo una derrota no puede estropear una resurrección.







